25/8/11

Hay dos tipos de personas en el mundo, las que adoran la rutina y las que buscan siempre algo nuevo. Las primeras tienen miedo a experimentar cosas distintas, ya sea porque esa nueva idea, una improvisada decisión o esa locura acaben mal; las segundas tienen la suerte de no haber fracasado nunca en cualquier descabellada elección o, simplemente, tienen miedo de ver convertida su vida en algo predecible. Es curioso ver que lo único que une a todas las personas sea, de una u otra forma, creer que pueden predecir todo lo que les va a suceder.


 He de reconocer que me incluyo en el primer grupo de personas, me he cansado de intentos fallidos de escapar de ese cajón al que pertenezco. Me he equivocado muchas veces (¿Alguna vez he dejado de hacerlo?) hasta ese día, ese día cometí un error que pudo marcar el resto de mi vida y me hizo darme cuenta de una cosa: merece la pena equivocarse, merece la pena equivocarse por miles de cosas, merece la pena arriesgarse por algo en lo que crees, que sientes o que de verdad quieres. Equivócate, pero solo por algo por lo que valga la pena arriesgarse.  






¿Nunca te has parado a pensar por qué tenemos esa estúpida costumbre de ver una y otra vez las mismas películas? Puede ser porque nos sintamos identificados con los personajes, porque nos transporten lejos de la realidad y nos permitan soñar o simplemente porque las vimos en un momento determinado de nuestra vida que siempre queremos recordar. Supongo que no nos cansamos de ver esas películas porque conocemos a la perfección el final.