4/2/12


A veces me asombra la importancia que tiene sobre nosotros la música, el poder que encierran un par de canciones; un simple gesto como colocarse unos cascos nos permite, de algún modo u otro, viajar en tiempo y lugar. No hablo de esas composiciones originales, perfectas, completas, brillantemente adornadas o simplemente consideradas como obras maestras. Hablo de esas canciones que cuentan una vida, me refiero a ésas que componen a lo largo del tiempo una interminable melodía, tu vida, como ésa que siempre cantas a dúo con una amiga llevando un micrófono imaginario en la mano. Ésa que sonó en la fiesta en la que reíste hasta quedar afónico. Ésa que sonaba de fondo en una tienda, que te obligó a bailar de forma sexy, un tanto estúpida, simplemente para arrancar una sonrisa a alguien. Ésa que escuchaste mientras dibujabas en el vaho de los cristales del autobús volviendo a casa después de una tarde especial. Ésa que obliga un par de lágrimas a brotar de tus ojos cada vez que la escuchas. Ésa que siempre pone una sonrisa en tu cara y te hace ver el día con un poco más de luz. Esa canción, la única que te comprende cuando estás triste sin razón alguna. Ésa de la que solo conoces el estribillo pero que aún así sigues cantando inventándote la letra. Ésa que sonaba en tu cabeza la noche más especial de un mes de septiembre... 



Cada persona importante de tu vida tiene una canción. ¿Cuál será la próxima que escucharás?

1/2/12

Nunca entenderé ese odio irracional que la gente siente por la oscuridad. Quizás sea porque nos muestra tal y como somos: indefensos; quizás sea por el miedo a tropezar, de no saber que nos depara cada paso, de no saber si seguirá esperándonos alguien al otro lado, de ver lo que aparece tras encender la luz... Siempre he preferido las noches sin luna. A oscuras se eliminan los prejuicios, se deja libertad al tacto y a la imaginación. Es más fácil hablar. Es más fácil ser uno mismo.